José Emilio Pacheco

- José Emilio Pacheco

lunes, 8 de octubre de 2012

Hace frío

Teníamos pensado cómo iba a morir. Habíamos planeado varias veces las formas en las que nosotros sufriríamos por ella al decidir que su vida a nuestro lado tenía que terminar ahí. La imaginábamos adivinando nuestros pensamientos sin poder detenernos ni querer hacerlo. Pero siempre pensamos que faltaba mucho tiempo para que tuviéramos cerca un escenario similar.

Nunca habíamos querido tanto a un perro, nunca habíamos hecho parte de la familia a una mascota.

Murió del mismo modo en que llegó: sin avisos ni planes, sin que estuviéramos preparados para ninguna de las dos cosas. Quedó tendida hace un año, a la mitad de la sala, inerte, sin dejarnos la posibilidad de ser quienes decidiéramos sobre ella. Se escapó del destino que le habíamos imaginado, sin probar bocado de la última cena que le daríamos cuando estuviera vieja y enferma, cuando no hubiera remedio mejor que salvarla del dolor. Ella misma quiso salvarse de la vejez; del dolor sólo ella lo supo.

Canela se fue en el momento más feliz de mi vida, como intentando recordarme en dónde se sentía el dolor para que no lo olvidara de nuevo. Se fue porque quiso mostrarnos qué era tener un perro de verdad, quería que supiéramos lo que se siente ver las plantas y los libros destrozados, y que comprobáramos por experiencia propia que no sólo en las caricaturas los perros muerden los zapatos.

Nunca supimos que su final estaba cerca porque no nos dejó saberlo, no quiso pasar sus últimos momentos en una mesa de metal mientras la atendía un veterinario. Tal vez simplemente ella entendía de otra manera la muerte.

Hoy me falta porque nadie calienta mis pies y ya es octubre otra vez.

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