José Emilio Pacheco

- José Emilio Pacheco

lunes, 1 de octubre de 2012

Domingo en la Lagunilla

Lo mejor que le puede pasar a uno de mis domingos es perderme entre un montón de cosas viejas.

No recuerdo cuando descubrí el placer de rescatar objetos que alguien quiso olvidar, no guardo memoria de mi primera visita a los puestos que cada domingo llenan las banquetas de los artículos más disímiles.

El mercado de la Lagunilla está dividido en dos partes, la primera es casi como la de cualquier otro; pero la segunda es mi favorita, en ella se venden cosas que fueron de alguien más o de otra época.

Cada semana la calle se llena de retazos de tela sobre los cuales se acomodan juguetes viejos, botellas de Coca-Cola jamás abiertas, fotografías de fiestas familiares, manijas de puertas o anuncios publicitarios viejos.

Los dos pasillos que conforman el pequeño tianguis son visitados por personas mayores que se niegan a olvidar esos tiempos que les parecen mejores y por jóvenes que no los vivieron, pero les creen. Extranjeros y utilistas también recorren con la vista aquello que podría servirles.

Después de recorrer los puestos uno queda con la sensación de haberse perdido de algo y de no haber hurgado lo suficiente para encontrarlo. Sobre todo porque para el siguiente domingo muchas de las reliquias ahora exhibidas se habrán ido y aquel ya no será el mismo mercado.


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