Teníamos pensado cómo iba a morir. Habíamos planeado varias veces las formas en las que nosotros sufriríamos por ella al decidir que su vida a nuestro lado tenía que terminar ahí. La imaginábamos adivinando nuestros pensamientos sin poder detenernos ni querer hacerlo. Pero siempre pensamos que faltaba mucho tiempo para que tuviéramos cerca un escenario similar.
Nunca habíamos querido tanto a un perro, nunca habíamos hecho parte de la familia a una mascota.
Murió del mismo modo en que llegó: sin avisos ni planes, sin que estuviéramos preparados para ninguna de las dos cosas. Quedó tendida hace un año, a la mitad de la sala, inerte, sin dejarnos la posibilidad de ser quienes decidiéramos sobre ella. Se escapó del destino que le habíamos imaginado, sin probar bocado de la última cena que le daríamos cuando estuviera vieja y enferma, cuando no hubiera remedio mejor que salvarla del dolor. Ella misma quiso salvarse de la vejez; del dolor sólo ella lo supo.
Canela se fue en el momento más feliz de mi vida, como intentando recordarme en dónde se sentía el dolor para que no lo olvidara de nuevo. Se fue porque quiso mostrarnos qué era tener un perro de verdad, quería que supiéramos lo que se siente ver las plantas y los libros destrozados, y que comprobáramos por experiencia propia que no sólo en las caricaturas los perros muerden los zapatos.
Nunca supimos que su final estaba cerca porque no nos dejó saberlo, no quiso pasar sus últimos momentos en una mesa de metal mientras la atendía un veterinario. Tal vez simplemente ella entendía de otra manera la muerte.
Hoy me falta porque nadie calienta mis pies y ya es octubre otra vez.
Cosas invisibles
En el lugar de las computadoras y de las ciencias infalibles. Ante mis ojos te evaporas —y creo en las cosas invisibles.
José Emilio Pacheco
- José Emilio Pacheco
lunes, 8 de octubre de 2012
lunes, 1 de octubre de 2012
Domingo en la Lagunilla
Lo mejor que le puede pasar a uno de mis domingos es perderme entre un montón de cosas viejas.
No recuerdo cuando descubrí el placer de rescatar objetos que alguien quiso olvidar, no guardo memoria de mi primera visita a los puestos que cada domingo llenan las banquetas de los artículos más disímiles.
El mercado de la Lagunilla está dividido en dos partes, la primera es casi como la de cualquier otro; pero la segunda es mi favorita, en ella se venden cosas que fueron de alguien más o de otra época.
Cada semana la calle se llena de retazos de tela sobre los cuales se acomodan juguetes viejos, botellas de Coca-Cola jamás abiertas, fotografías de fiestas familiares, manijas de puertas o anuncios publicitarios viejos.
Los dos pasillos que conforman el pequeño tianguis son visitados por personas mayores que se niegan a olvidar esos tiempos que les parecen mejores y por jóvenes que no los vivieron, pero les creen. Extranjeros y utilistas también recorren con la vista aquello que podría servirles.
Después de recorrer los puestos uno queda con la sensación de haberse perdido de algo y de no haber hurgado lo suficiente para encontrarlo. Sobre todo porque para el siguiente domingo muchas de las reliquias ahora exhibidas se habrán ido y aquel ya no será el mismo mercado.
No recuerdo cuando descubrí el placer de rescatar objetos que alguien quiso olvidar, no guardo memoria de mi primera visita a los puestos que cada domingo llenan las banquetas de los artículos más disímiles.
El mercado de la Lagunilla está dividido en dos partes, la primera es casi como la de cualquier otro; pero la segunda es mi favorita, en ella se venden cosas que fueron de alguien más o de otra época.
Cada semana la calle se llena de retazos de tela sobre los cuales se acomodan juguetes viejos, botellas de Coca-Cola jamás abiertas, fotografías de fiestas familiares, manijas de puertas o anuncios publicitarios viejos.
Los dos pasillos que conforman el pequeño tianguis son visitados por personas mayores que se niegan a olvidar esos tiempos que les parecen mejores y por jóvenes que no los vivieron, pero les creen. Extranjeros y utilistas también recorren con la vista aquello que podría servirles.
Después de recorrer los puestos uno queda con la sensación de haberse perdido de algo y de no haber hurgado lo suficiente para encontrarlo. Sobre todo porque para el siguiente domingo muchas de las reliquias ahora exhibidas se habrán ido y aquel ya no será el mismo mercado.
sábado, 22 de septiembre de 2012
Otro luto
Hace una semana me enteré de la muerte de una mujer con quien me gustaba platicar, aunque eso —en sentido estricto— implicaría un diálogo, así que debería precisar que murió una mujer a quien me gustaba escuchar.
Lo que más me entristeció de la noticia no fue únicamente su muerte, sino pensar en todas las historias que se llevó consigo, aquellas que nunca contó.
Tal vez esa egoísta sensación sea sólo reflejo de uno de mis miedos más internos: morir sin decir todo lo que llevo dentro.
Sin importar forma y fondo, me gustaría saber que mis pensamientos y vivencias han escapado de a poco para ser escuchados —o leídos— por otros, aunque no permanezcan en nadie.
Guardo hasta hoy el luto más pequeño que alguien puede tenerle: la sensación de saber que no pude rescatar lo único que podía dejarme, sus historias.
Lo que más me entristeció de la noticia no fue únicamente su muerte, sino pensar en todas las historias que se llevó consigo, aquellas que nunca contó.
Tal vez esa egoísta sensación sea sólo reflejo de uno de mis miedos más internos: morir sin decir todo lo que llevo dentro.
Sin importar forma y fondo, me gustaría saber que mis pensamientos y vivencias han escapado de a poco para ser escuchados —o leídos— por otros, aunque no permanezcan en nadie.
Guardo hasta hoy el luto más pequeño que alguien puede tenerle: la sensación de saber que no pude rescatar lo único que podía dejarme, sus historias.
martes, 18 de septiembre de 2012
A la espera
Soñé tantas veces con ir “al extranjero” que no sé cómo será hacerlo finalmente. ¿Será que con el tiempo la ilusión creció o se desvaneció? En cualquier posibilidad estoy bien segura de que el resultado final será más enriquecedor de lo que ahora creo.
Al fin descubriré otros aromas y recorreré otras calles, caminaré hasta cansarme —e incluso después—. Tendré todos los sentidos abiertos esperando sensaciones desconocidas. Dormiré poco a la espera de que nada se me escape en esta experiencia.
Y todo esto lo haré al lado de quien ya ha descubierto una parte y espera encontrar aún más.
Pero sobre todo esperaré sigilosa con la esperanza de que aparezca ante mí alguna de esas cosas que son invisibles a los ojos de casi todos.
Al fin descubriré otros aromas y recorreré otras calles, caminaré hasta cansarme —e incluso después—. Tendré todos los sentidos abiertos esperando sensaciones desconocidas. Dormiré poco a la espera de que nada se me escape en esta experiencia.
Y todo esto lo haré al lado de quien ya ha descubierto una parte y espera encontrar aún más.
Pero sobre todo esperaré sigilosa con la esperanza de que aparezca ante mí alguna de esas cosas que son invisibles a los ojos de casi todos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
